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Blog de autor de Omar Nipolan

Un encuentro con… El justo juez de la noche

Juana y Margarita son primas, pero viven y se comportan como un par de hermanas, siempre andan juntas en las buenas y en las malas, confabulan travesuras, aventuras y alocadas ideas para divertirse como esta noche que se escaparon de la casa de Juana, al baile del pueblo, el día de la fiesta mayor, cuando coronan a la Reina de las fiestas patronales.

Las chicas van en busca de sana diversión, a bailar y a gozar con la alegría de la feria y el baile, para el cual ahorraron lo suficiente para pagarse la entrada y la cena.

Se divirtieron mucho con sus amistades, bailaron, charlaron, comieron y gozaron con las ocurrencias de Cirilo, el payaso del grupo.

Ahora se dirigen a casa a pie, saliendo por el cementerio.

Más adelante se encuentra en el portal de su casa, Nicanor con sus amigos inseparables Roberto y Leonardo, los tres se están acabando una botella de Tres Tigres, un recio aguardiente local y ya se encuentran bastante acelerados, enfrascados en lo que popularmente se conoce como “Plática de bolo”.

– Te digo que la Lupe se la pica y solo quiere darme celos

– Pero yo la vi con el pirulo ese de Julián, bien apercollada

– ¡Morrison está en el cementerio de los Puetas de Francia! ¿No sabías verdad?

– ¡Calláte Leo yastás bolo!

– ¿No sabías veá?

– Cuando yo quiera la Lupe vuelve conmigo

– Solo que le dé permiso el pirulo

– Te dije que solo es para celarme, pero yo me hago el de a mil y no le paro bola

-!Jimmy está a la par de Chopan!

– Tomando Champán, Sí Leo. Si

– Miren ¿Quiénes van allá?

– No es la Lupe

– No, ella está con Pirulino

– Hartáte mi pepino

– ¿Qué dijiste?

– ¡Espérense dejemos de pelear!

– ¡Miren son dos chavas!

– ¿Y qué?

– Que las podemos invitar con nosotros y ¿Quién sabe?

– Pero… ¿y si no quieren?

– ¿Y quién ha dicho de que deban querer?

– ¡Vamos pué! Llevemos la botella

– ¿Pero ya casi no tiene nada?

– Yo digo la otra, la que no está empezada.

Y se fueron tras las dos chicas en medio de una algarabía tal que se escuchaban a gran distancia, al punto de que casi inmediatamente ellas se dieron cuenta de que las estaban siguiendo.

– ¡Margui!, ¡Nos están siguiendo esos bolos!

– ¿Quiénes son?

– No sé, ¡Apurémonos!

Las dos jóvenes, asustadas, apuraron el paso ante la amenaza y cruzaron por una curva en el camino que las ocultaba de la vista de Nicanor y sus amigos.

– Las chavas se van a escapar, ¡Alcancémoslas!

Y ellos también apuraron el paso, cuando de pronto antes de llegar a la curva, el viento comenzó a soplar fuerte y escucharon un caballo que venía del otro lado al galope y de pronto se detuvo, apareciendo una figura vestida con una capa negra que le cubría todo el cuerpo, pero que aparentemente era alguien muy alto y delgado.

Los borrachos se detuvieron en seco

– ¿Quién sos vós? – Gritó Roberto que era el que estaba más sobrio de los tres, mientras sacaba el machete

– ¡Váyanse a sus casas! La noche es mía – Dijo el desconocido con una grave, espeluznante y tranquila voz

– ¡Tuyas mis polainas! – Gritó Roberto lanzándose hacia él, machete en alto.

Más tardó, Roberto en dar dos pasos, que en escucharse el restallar de un látigo y volar por los aires el machete.

– ¡Ay! ¡Mi mano! – Gritó Roberto tomándose la extremidad dolorida con la otra mano.

– ¡Con nosotros no te vas a meter Juoputa! – Dijo Nicanor, blandiendo también su machete y acompañado de Leo, que, aunque bastante borracho, tuvo los reflejos suficientes para sacar también su arma blanca y entre ambos atacaron al misterioso personaje.

Apenas sin moverse, la aparición lanzó nuevamente la cuerda del látigo y esta se enrolló en los pies de Nicanor, que fue levantado en vilo y lanzado sobre Leo, que recibió el impacto con la mano en alto, soltando también el machete.

Ambos cayeron a los pies de Roberto que seguía aullando de dolor sobando su mano e inclinado hacia adelante.

– ¿Quién sós maldito?

– ¡Váyanse a sus casas! La noche es mía

Y nuevamente el látigo salió disparado enrollándose sobre el cuerpo de Roberto y de un tirón fue arrojado junto a sus otros dos cómplices que comenzaban a recuperarse.

Lo que pasó a continuación fue una lluvia de latigazos sobre los tres desdichados que se retorcían en el suelo mientras eran castigados inmisericordemente por el extraño sujeto, cuya cabeza no era visible pues estaba oculta como por una bruma negra, que parecía una pantalla de humo, pero en donde debía estar la cabeza, brillaban un par de malignos ojos rojos.

Los gritos de dolor de los tres amigos iban acompasados al chasquido del látigo contra sus pieles y tendidos en el suelo, saltaban de dolor al recibir el azote.

Curiosamente se daban vuelta para recibir uno en el pecho, en el estómago, en su espalda, en sus nalgas, en sus piernas, como si alguna fuerza les estuviera dando vuelta para irlos vapuleando parejo.

Los gritos se apagaron al poco rato, pues el castigo siguió a pesar de que habían perdido la conciencia hace ratos, y así lentamente, pero sin parar, fueron cubiertos de golpes que no los hirieron de gravedad, pero los dejaron con marcas que les iban bien a durar unos quince días, en un castigo que parecía, nunca iba a terminar.

Las asustadas chicas, no habían escuchado nada de lo anterior y seguían a paso veloz para su casa cuando un jinete las alcanzó y ellas se pararon en seco.

– ¿Qui-Qui quién es usté?

– ¡Váyanse a sus casas! La noche es mía

– Y a usté qué le impor….¡Ay!

– ¡Váyanse a sus casas! La noche es mía

– ¡Ay! ¡Ya vamos!

– ¡Si! ¡Ya nos vamos! ¡Ay!

– ¡Ay!

Y el látigo restallaba sobre los traseros de las chicas que casi corriendo se fueron a sus casas, sin voltear a ver atrás, sin renegar, ni decir nada.

Llegaron a su casa y abrieron la puerta en donde estaba el padre de Juanita, sentado en la oscuridad y cincho en mano…

Mientras tanto en la curva del camino quedaron los tres amigos tendidos boca abajo, con las ropas hechas jirones, el cuerpo cubierto de profundas señales de latigazos, pero salvo algunos pequeños hematomas, sin sangrar, desvanecidos de dolor y a la intemperie, ahí serían encontrados al día siguiente, aun inconscientes y pasaron una semana con fiebre y delirios, despertando en medio de gritos pidiendo clemencia y perdón al Justo Juez de la Noche.

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