¡Leer! – Alberto Masferrer

¡Leer!

¡Qué fuente de mejoramiento y de goces!

¡Qué alivio cuando se está enfermo, contando las interminables horas de la convalecencia; qué fuerza en la tribulación, cuando parece que todo camino se ha cerrado!

¡Qué compañía en el destierro, en la prisión, o en la vida solitaria del campo!

¡Qué varita mágica para mostrarnos el secreto de las cosas y de los seres; qué llano sendero para visitar los países desconocidos!

¡Qué adivinación para entrar en el pensamiento de los hombres que más hondo pensaron!

¡Qué instantánea comunión con aquellos que fueron mártires de una noble causa, cuyos sentimientos y sacrificios repercuten en nuestro propio corazón!

¡Qué luminosa escala para subir desde el polvo hasta el cielo, viendo la real jerarquía de todas las criaturas!

¡Qué revelación de nuestro propio valer, que nos asienta sobre la verdad y nos hace sentir que somos libres, hermanos e iguales con todos los hombres…!

Un solo libro, una simple novela de Tolstoi, de Víctor Hugo, una fantasía de Julio Verne, un romance histórico de Dumas, encierran tesoros de pensamientos y de goces. La sola lectura de Los Tres Mosqueteros de Dumas, que he leído diez o quince veces, significa en mi vida haber triunfado del fastidio y de la tristeza en muchas horas negras, en las cuales, sin esa grata compañía, me habría entregado quizá al traidor consuelo del vino.

En una aldea de ultra Lempa conocí a un hombre ya viejo, trabajador honrado, con numerosa familia, a quien su pobreza no le permitía diversiones costosas.

Sabía leer, muy despacio, pues aprendió apenas los rudimentos de la lectura, y tenía por toda biblioteca El Conde de Montecristo, en tres grandes volúmenes con láminas, y esa era su mina.

Todas sus horas libres leía su novela, que, naturalmente, cada vez comprendía y saboreaba más, y de sólo ese libro aquel aldeano había sacado sobre la sociedad y la vida una infinidad de ideas, de observaciones y de juicios, que hacían su conversación tan grata como la de un hombre educado. Este no es un caso singular.

Son innumerables los hombres que no han leído sino uno o dos libros, desde los profetas hebreos que sólo se instruían en la Biblia, hasta el campesino ruso Bondaref, que aprendió a escribir a los sesenta años, no leyó nunca sino el Antiguo Testamento, y nos dejó un libro suyo, El Trabajo, que es una de las obras más grandes de los tiempos modernos.

 Los hombres ilustres, los sabios, escritores, pensadores, que no estuvieron en la universidad ni en los colegios, y que se instruyeron ellos solos, leyendo, son incontables.

Porque toda ciencia está en los libros y en la vida, y el que sabe leer y observar, posee el secreto de la sabiduría.

***

Tienen ojos y no ven, tienen oídos y no oyen.

¡Qué terrible sentencia ésta y qué exacta para aplicarla a los analfabetos!

Los libros, ahí están junto a ellos; van de mano en mano, enseñando, corrigiendo, desvaneciendo errores, consolando tristezas, ni más ni menos como la luz del sol que todo lo esclarece, vivifica y llena de hermosura.

Pero a ellos, ¿qué?

Son ciegos, y no irredimibles como hechos de naturaleza, sino curables, fácil, sencillamente curables.

Sus ojos están cubiertos apenas por un velo; una simple nube les estorba mirar.

Descorred ese velo, alejad de un soplo esa nube, y vuestro hermano verá y comprenderá; el mundo de la inteligencia le abrirá sus puertas, y aquel ignorante podrá tornarse un hombre, y quien le enseñó a ver, podrá decirle con justicia: “ve y anuncia que los ciegos ven, los sordos oyen, los tullidos caminan y los muertos resucitan”

Lector, más de una vez mientras leías estas páginas habrás pensado, acaso: sí, así es, así es sin duda, pero yo no tengo la culpa sino el gobierno.

¿No coge cada año quince millones de pesos?

¿Por qué en vez de cañones, y palacios, y embajadas, y fiestas, no gasta en escuelas?

Suya es la culpa y no nuestra.

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