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Blog de autor de Omar Nipolan

Cántame una canción

Entonces, la leyenda era cierta, arriba tras las rocas, escuchaba un suave canto de muchacha y el agua que caía a guacaladas, ella, seguramente se estaba bañando, justo como lo contaban los abuelos.

Con su laúd a la espalda, subió la empinada colina, a la luz de la brillante luna llena, cuidando hacerlo en el mayor silencio posible para no llamar su atención, pues las historias sobre ella eran terribles.

Visiones de horror, locura, muerte  o condenación eterna, era el castigo por osar acercarse a ella, por osar mirarla o intentar seducirla, según decían las diferentes versiones de la leyenda que le contaban desde niño, en las frías noches de diciembre, al calor de una hoguera apenas suficiente para alumbrar la estancia.

Historias que hablaban de alguien que tenía un primo que conocía a alguien que la había visto o se había encontrado en la oscura noche con ella, historias cuyos protagonistas siempre terminaban mal o peor, y que le quitaban el sueño en las eternas noche de la infancia.

Pero en estos momentos, sin lugar a dudas, allí arriba estaba y sin poder resistirse a la curiosidad seguía subiendo con el corazón palpitando con fuerza y la respiración ahogada, por el cansancio del empinado camino y por el temor que crecía en su pecho.

Llegó hasta un punto en el que lo separaba del estanque solo una formación de rocas y escuchaba claramente la dulce voz tarareando una hermosa y desconocida canción, mientras el sonido del el agua caer sobre un cuerpo y al estanque, presumían que ella estaba metida dentro y se echaba agua con alguna vasija grande.

Con mucho sigilo avanzó en total silencio el último tramo que le faltaba, cuidando de poner el pie en terreno o roca sólida y aferrándose con ambas manos a unas salientes, asomó la cara entre las rocas para poder observarla en secreto.

Ahogó un grito de asombro al ver la belleza de la joven, su pelo parecía emitir reflejos dorados a la luz de la luna, su piel esa blanca y tersa, sus hermosos y almendrados ojos negros irradiaban una infinita tristeza y su cuerpo no parecía real, sino el de una de las estatuas que admiraba en los jardines del parque.

No había emitido ruido alguno y ella estaba a espaldas de él, pero ella de pronto giró su cabeza, lo vio, y él se quedó congelado de miedo, sin embargo, ella solo le dedicó una cálida sonrisa y con una voz que sonaba como dulces flautas en una fiesta de oboes, le dijo.

Cántame una canción, para no estar tan triste.

Él, azorado, salió torpemente desde su escondrijo empuñando su laúd, acertó sentarse sobre una gran roca redonda y los dedos temblorosos, procedió a afinarlo con la precisa meticulosidad con la que un relojero, ajusta el muelle del segundero.

Tocó unos acordes de prueba y procedió a seguir ajustando la tensión de las cuerdas hasta que estuvo satisfecho del resultado.

Ella lo miraba embelesada, sin proferir palabra y esperaba pacientemente a que terminara su ceremonia de afinación.

Él hizo un complicado acorde y comenzó lentos arpegios, arrancando una dulce melodía que llenó el espacio de armonías y silencios con los cuales comenzó a cantar.

“Viene la Luna desde el horizonte profundo

subiendo con el alma cansada,

para ver partir al Sol,

su amado.

Su amado la espera languideciendo

al otro extremo del confín,

la espera sonriendo

entre el trinar de un Sinsonte.

Sinsonte que canta cuando

asoma la luna sobre la montaña

escuchando el trinar, se ilumina

ve a su amado, se anima

y en pos de él camina.

Pero el Sol la mira

con tristeza profunda,

un dolor que se siembra y fecunda

se marcha y suspira.”

Ella, magnífica, desnuda y recostada en su roca mantuvo un solemne silencio al terminar la canción.

Su mirada se perdió en una lejanía de recuerdos inmemoriales, de anhelos incontenidos y deseos milenarios que afloraban a sus ojos en cristalinas lágrimas que se escapaban raudas, deslizándose por sus mejillas.

Volviéndose hacia él y sonriendo con melancolía le dijo.

— Gracias, me has hecho muy feliz, ahora vete pronto, porque no sé si podré contenerme.

Él se puso de pie lentamente, inclinó la cabeza en una leve reverencia, se dio la vuelta y se alejó despacio, caminó por el bosque sin voltear atrás y justo cuando salía de la floresta llegando al camino, suspiró aliviado.

Emprendió la marcha a paso apresurado, con la luz de la luna sobre su cabeza, tiñendo el camino de tonos grises,  y ya estaba bastante lejos, cuando escuchó una espeluznante y desquiciada carcajada que lo dejó frío de los pies a la cabeza.

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