Cuando éramos felices, pero no lo sabíamos

Éramos jóvenes, felices e indocumentados como bien titulaba el Gabo su libro, llegábamos corriendo a casa directamente de la escuela al medio día, para ver la primera emisión, de las mismas viejas caricaturas en el destartalado aparato de televisión en blanco y negro.

En un canal pasaban capítulos de Merrie Melodies de Leon Schiesinger junto a los entrañables Looney Tunes de Warner Bros, los cuales mirábamos en inglés sin traducción, por lo que el contexto y argumento de la caricatura lo adivinábamos por las acciones de los protagonistas, luego de esta tanda diaria de disparatadas escenas de los Looney Tunes, aparecía Astroboy, el niño robot, el primer manga japonés que vimos en nuestras tierras.

Terminábamos de almorzar y mientras comenzaban las noticias, que nos importaban un rábano, descansábamos un rato para luego salir a jugar a la calle con los vecinos.

La casa de mi abuelo era muy grande y tenía un amplio y profundo patio, lleno de árboles y objetos de construcción, unos “burros” de madera que eran una especie de andamios triangulares que, gracias a pliegos de cajas de cartón, nos servían de naves espaciales y junto a mis primos vivíamos las aventuras de Astroboy y el Capitán Ultra, quemando hojas de periódicos viejos en la cola de la improvisada nave.

Jugábamos chibolas (canicas), capirucho, trompo, yo-yo, según la temporada, porque había temporada para los juegos y cuando era temporada de chibolas, solo se jugaban chibolas, no trompo ni otra cosa.

Nos íbamos a jugar pelota (fútbol) al parque, en una “planada” de arena y tierra blanca, como metas usábamos botes de leche en polvo llenas de piedras o de tierra y la infaltable pelotica de plástico que, a pesar de ser muy ligera, podía ser muy dura si la impulsaban con una buena patada.

Más de alguna vez terminé llorando y sin aire, a causa de un pelotazo en el estómago, pero no solo yo, casi todos sufrimos alguna vez el embate de estas pelotas en la cara, el estómago, el pecho, los brazos.
Cuando las niñas llegaban, cambiábamos de juego y entonces era la tradicional mica o ladrón librado, agarra la ayuda, escondedero o uno, dos, tres para mí y para todos mis amigos…

Las tardes pasaban como de rayo y de pronto ya eran las cuatro de la tarde y teníamos que ir a nuestras casas para esperar a nuestras mamás o papas y que nos encontraran haciendo las tareas escolares, so pena de pasarla mal en la noche, pero más que eso era que a las cuatro de la tarde venía la segunda emisión de los canales de televisión.

Y comenzaban los episodios de las caricaturas de Hanna Barbera, entonces eran otros personajes, el Oso Yogui, Ricochet Rabbit, Tiro loco Mc Cloud y su alter ego, El Cabazorro, Huckleberry Hound y tantos otros.
Hacíamos las tareas con un ojo en el televisor y el otro en nuestros cuadernos, lo que garantizaba resultados mediocres en nuestras notas, pero que bastaban para pasar el grado, aunque nos granjeábamos un par de buenos coscorrones dados con todo cariño por nuestros papás.

Terminada la franja infantil, salíamos nuevamente a la calle a jugar hasta que nos llamaban a cenar, en la mesa se escuchaba la radio novela de Chucho El Roto o las increíbles historias de Kalman, que escuchábamos con atención.

Nuestros padres discutían de cosas que nos importaban lo mismo que las noticias de la noche y así en la tertulia de sobremesa nos llegaba la hora de dormir.

Si teníamos la desgracia de no haber terminado las tareas, nos veíamos en serios problemas y nos tocaba desvelarnos haciéndolas, sobándonos los cinchazos recibidos y maldiciendo la hora en que se habían inventado las escuelas.

Pero con todo eso, como bien dicen, éramos felices y no lo sabíamos.

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